Mr.Renton

En nuestro colegio la mayor parte de los profesores de inglés eran británicos o irlandeses. Mister Renton fue uno de los pocos profesores norteamericanos que tuvimos. Llevaba el pelo largo, tenía cierto aire hippy. Mister Renton era diferente de los otros profesores.  No terminó el año con nosotros. Yo tenía once años y cursaba el sexto curso de la extinta EGB.

Mister Renton no seguía los manuales ni los preceptos del departamento de inglés. En sus clases jugábamos a «Simon Says» y también cantábamos canciones como «Old blue», una canción folk que comenzaba así: «I had a dog and his name was blue». Creo recordar que trajo una guitarra a clase para cantar esa canción.

Mister Renton dibujaba tan bien que era sencillamente alucinante verle llenar el encerado de personajes de todo tipo. Recuerdo vivamente un dibujo suyo sobre el mundo del circo. La pizarra tomó literalmente vida ante nuestros maravillados ojos. Con increíble detalle dibujó hombres forzudos, acróbatas, payasos y varios tipos de animales.

Yo era muy feliz en sus clases aunque tengo que admitir que me frustraba un poco no poder dibujar tan bien como él. Aún hoy intento emular su estilo cuando dibujo. Nunca hablé cara a cara con él. Tampoco tuve la sensación de que me diferenciara o que me tratara de manera distinta del resto de mis compañeros. Ignoro si mis compañeros le admiraban tanto como lo hacía yo.

Un día, sin previo aviso, Mister Renton no vino a clase. Otro profesor o profesora le sustituyó y nunca le volvimos a ver.

Unos años después, una profesora irlandesa del colegio murió en un tren de manera súbita y misteriosa. El nombre de Mr.Renton volvió a resonar en el enorme comedor del colegio. Alguien nos dijo que esta profesora había tenido un romance con Mr.Renton cuando este aún daba clases en el colegio.

Yo no soy como Mr.Renton. No sé cantar ni tocar la guitarra y mis dibujos distan mucho de aquellos con los que Mr. Renton iluminaba el encerado y la imaginación de todos nosotros. Sin embargo, al igual que él, me he convertido en profesor de una lengua extranjera en un país extranjero.

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Stranger things

Al final he visto la serie Stranger things. He caído en Netflix, lo confieso. Pero lo he hecho porque en mi nuevo domicilio, por razones que aquí no viene al caso explicar, no tengo acceso a la televisión por cable.

La serie no me ha parecido nada espectacular, carece de gran originalidad. De hecho, es un pastiche, es un refrito de todas las películas de ciencia ficción de los años 80. Pero es algo que tampoco se pretende ocultar.

Stranger things es un claro homenaje a ese cine. Hay mucho de E.T., de los Goonies, de Regreso al futuro, de Carrie, de Alien, de la Zona Muerta, de la Cosa, de Encuentros en la tercera fase… Hay algo también del universo musical de John Carpenter, sobre todo la música de sintetizador del pregénerico. (Sin duda alguna, lo mejor de la serie…) Un ligero aroma de Twin Peaks envuelve igualmente a Stranger Things. La banda sonora es claramente ochentera. De The Clash a Joy Division, pasando por una versión de The Bangles de Hazy shade of winter de Simon and Garfunkel.

El reparto está encabezado por Winona Ryder, que aunque despuntó en los albores de los ochenta, es más un símbolo de los noventa. No me ha convencido su actuación. Su interpretación es forzada y exagerada. El resto del casting tampoco es excesivamente brillante. De la adolescente anoréxica que se nos presenta como la belleza del High School al policía alcohólico destruido por la muerte prematura de su hija, todos ellos caen en el tópico y en la caricatura. El monstruo también deja mucho que desear. Es un monstruo bastante ramplón.

¿Qué es lo que me ha empujado a ver la serie en su totalidad? Ha sido la vana esperanza de encontrar algo genuino y auténtico en una serie actual norteamericana. La ingenua ilusión de recuperar algo de aquel magnífico cine de ciencia ficción para todos los públicos que se produjo en EEUU durante los años ochenta. Ha sido el adolescente dentro de mi que se niega a crecer.

He intentado seguir alguna otra serie de Netflix, pero me ha resultado imposible. Son muy malas, son el Fast Food de la ficción audiovisual. Productos de ínfima calidad presentados de manera inopinada y sin criterio alguno. Pero no pienso tirar la toalla. Como dice un amigo mío norteamericano: «Aún espero que suceda el milagro». Cosas más extrañas han sucedido.

Fin del verano 

El padre de mi mejor amigo me llevó en coche hasta el puerto de Ibiza. Yo apenas había dormido la noche anterior. Cuando volví a la casa ya era de día. Recuerdo subir unas escaleras y tener la sensación de escapar. Era el fin del verano del año 1990 y yo tenía 18 años. En junio había superado sin pena ni gloria la prueba de selectividad. Había pasado un año bastante complicado. Suspendí tres asignaturas en el primer semestre del COU (Bachillerato) y en el Colegio estaban convencidos de que iba a repetir curso. 

Durante unos meses me recluí en casa. Al final conseguí pasar curso. No tenía la mínima idea de lo que quería hacer con mi vida y tampoco conocí en aquella época a una persona que me inspirara o que me escuchara realmente. 

Después de mis suspensos mis padres me castigaron sin salir los fines de semana. Los padres de mis amigos se reunieron al menos en un par de ocasiones para hablar de lo preocupados que estaban por todos nosotros. Puedo asegurar que les dimos bastantes motivos para ello. 

Pero volvamos al puerto de Ibiza. Ahora me asalta una duda: ¿Era el puerto de Ibiza o el de San Antonio? Es igual. Me despedí del padre de mi mejor amigo y subí al ferry. Debió ser la peor travesía de mi vida, pero la verdad es que no recuerdo mucho del viaje. Me puedo ver tumbado en algún lugar de la proa del barco, desesperado y con una profunda y asfixiante sensación de soledad. 

El ferry debió llegar a Denia o algún lugar similar. No guardo el mínimo recuerdo de aquella escala. La siguiente escena de aquel viaje que recuerdo es en un autobús camino de Madrid. Yo estaba sentado al lado de un hombre de mediana edad. Era un hombre simpático o al menos eso creo recordar. Debimos mantener algún tipo de conversación y este hombre, bueno y simpático, pero no estúpido, seguramente advirtió el penoso estado en el que me encontraba. 

A la entrada de Madrid pasamos por la típica barriada industrial y, justo en ese momento, mis tripas decidieron pronunciarse y dejarme en evidencia. El pedo que me tiré fue antológico, espectacular. 

Yo no sabía donde esconderme. Entonces el hombre que estaba sentado a mi lado dijo: «Pero mira que huele mal en esta parte de la ciudad». Los dos jóvenes que viajaban en los asientos situados justo delante nuestra estallaron en grandes carcajadas. Yo no me atreví a separar la vista de la ventana. No miré al bueno del señor que en vano intentaba encubrirme. 

Mister Freak

Mister Freak vive dentro de una caja de madera en la rue Guillaume Bertrand del 11ème arrondissement de París. Es un hombre mayor, casi un anciano, pero me sería difícil calcular su edad. Tiene un ligero aspecto de reptil. Su pelo, el poco que le queda, suele estar encrespado formando una especie de cresta. Mister Freak parece haberse escapado de un comic o de una grotesca película de horror de los años ochenta. Es como un Joker arruinado y caído en desgracia de manera perpetua.

Un día, al pasar por la rue Guillaume Bertrand, vi el interior de su habitáculo. Mister Freak estaba recostado en su interior. Normalmente, mendiga en la rue des Bluets al otro lado de la Avenue de la République. El interior de la caja era fascinante, allí había de todo: ropa, libros y cacharros de todo tipo. Era un desorden coherente, cada cosa parecía estar en su sitio. Esa fue la sensación que me dio la caja-casa de Mister Freak. Por las noches o cuando se ausenta para dar un paseo por el barrio cierra su casa con un candado. Es un hombre métodico. Tan sólo pide una moneda de 20 céntimos cuando mendiga. La gente del barrio le conoce. Le he visto hablar con algunos vecinos. Ignoro cuantos años lleva viviendo en el barrio. Cuando, hace un año, me mudé al barrio, Mister Freak ya estaba aquí. El mes pasado le di un par de monedas por primera vez. Me lo agradeció con una sincera y penetrante mirada.

En la calle donde vivo, no muy lejos de la calle donde vive Mister Freak, también hay una persona que duerme en la calle. Es un hombre joven. Llegó en mitad del invierno y se instaló en un soportal. No debe tener más de veinte y pico años. Hace unos meses hablé con él. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no me decidía, no encontraba el momento. En ocasiones cambiaba de itinerario para no pasar por delante de él. Desde que hablé con él no cambio de trayecto para evitarle. Viene de un país cercano a la India, no recuerdo exactamente el cual. Hablamos en inglés. Me dijo que buscaba trabajo y que a veces cargaba un camión en Ménilmontant. Le di todo el suelto que llevaba en los bolsillos. No era mucho, unos dos euros como máximo.

Desde entonces, me he parado a hablar con él tres o cuatro veces. Le suelo saludar cuando paso por delante de su soportal. No lo hago siempre. Me digo que igual no le apetece saludar constantemente a todo el que pasa por la calle. Tampoco nos saludamos cuando nos cruzamos fuera de la calle donde vivimos. Su mirada es triste y esquiva cuando sale de su territorio.

Cuando le saludo me sonríe y susurra una especie de «Bonjour». Su sonrisa es plácida y profunda. Tiene un teléfono móvil. Alguna vez se me ha pasado por la cabeza el pagarle un billete de avión para que vuelva a su casa. Dudo que lo aceptaría. Creo que lo que quiere es encontrar trabajo aquí en París. No tiene papeles. Nunca le he visto rezar. Fuma de vez en cuando. No soy el único que se para a hablar con él. Algunas personas del barrio también lo hacen. Le hablan y le dan comida. Cuando el soportal está vacío y sus pertenencias desaparecen me inquieto un poco por él, pero siempre reaparece al cabo de un par de días.

A veces, en mi cama antes de dormir pienso en ellos. Me pregunto si podrán conciliar el sueño y qué tipo de sueños o pesadillas tendrán. ¿En quién pensarán?¿Echarán de menos a alguien?¿A alguna mujer?¿A su familia?

Ayer volví a ver al joven. Había cambiado de lugar. Estaba en una esquina a tan sólo unos metros del soportal en el que duerme habitualmente. En un primer momento, me pareció que estaba molesto conmigo. Esquivó mi mirada, como si se avergonzara de que le descubriera traicionando la calle donde vivimos por otra aledaña. Sin embargo, al saludarle me dedicó una de sus sinceras sonrisas. No me paré a hablar con él.

Hace unos días que no he visto a Mister Freak. La última vez que me crucé con él en la Rue des Bluets le di una moneda de 20 céntimos. Me excusé por no tener más dinero suelto y seguí mi camino.

La coupe du monde 1998

París, verano de 1998. Francia estaba a punto de ganar la Copa del Mundo de fútbol. Habíamos quedado para tomar unas copas. Eramos cinco. Un catalán, un francés y tres madrileños. Nosotros, los de Madrid, estábamos albergados en la Cité Universitaire. Uno de ellos era farmacéutico. El otro era un doctorando de alguna facultad española. El barcelonés vivía en Nueva York y pasaba el verano con la familia del francés a las afueras de París. Según él, la vida tenía más momentos amargos que otra cosa. Eramos compañeros de un curso de francés. El francés, por su parte, era enorme. Un verdadero gigante. Si la memoria no me falla, su madre era marroquí y su padre francés.

Compramos unas botellas para beberlas en un parque cercano a la Cité Universitaire. El francés se bebió media botella de whiskey de un trago. Su comportamiento cambió de manera radical. Pasó de ser un ser silencioso y callado a convertirse en un verdadero hoolingan. Decidimos probar suerta en la zona de Oberkampf. Nos desplazamos hasta allí en el Golf de color rojo de mi amigo barcelonés. No llegamos a entrar a ningún bar. Nuestro gigantesco compañero de farra le partió la nariz de un cabezazo a un tipo en medio de la calle. Fue un cabezazo perfecto. El agredido, un pequeño pero aguerrido personaje, esgrimió un teléfono móvil y nos previno de que sus colegas del barrio nos iban a matar. No echamos a correr, pero fuimos hasta el coche lo más rápido que pudimos. Los tres madrileños tomamos delantera mientras el catalán trataba de arrastrar a la bestia y de convencerla de no proseguir con sus demostraciones pugilísticas.

En ese momento de la noche lo más razonable hubiera sido renunciar y haberse ido a casa. No lo hicimos y, más tarde, pagamos las consecuencias. Decidimos cambiar de decorado sin tener en cuenta que los personajes seguían siendo los mismos. Nuestro compañero francés estaba eufórico, su hazaña callejera le había puesto como una moto y parecía sediento de combates más exigentes.

Pusimos rumbo a la zona de Bastille. Allí, en la rue de Lappe, entramos en un bar español. El portero del local nos confirmó lo que ya sabíamos: nuestro camarada era un verdadero peligro público. Nos aconsejó llevárnoslo de allí antes de que nos partiesen la cara por su culpa. Escuchamos su inteligente advertencia. El camino del local hasta donde habíamos dejado el coche se hizo especialmente largo, pero el trayecto hasta la casa del francés fue sencillamente interminable y lo recuerdo como si se tratase de una pesadilla. El púgil callejero se quedó dormido en el asiento del copiloto. Los tres madrileños estábamos apiñados en la parte trasera del Golf.

No sé de qué manera empezamos a hablar de política. La discusión subió de tono muy rápidamente. Mi amigo catalán se sintió atacado por el improvisado, pero no por ello menos férreo frente madrileño. Su indignada mirada se reflejó en el retrovisor. Yo le había decepcionado. No se esperaba mi tenaz y obcecada beligerancia. Yo tampoco contaba con su victimismo y susceptibilidad. Fue la primera y última vez que hablábamos de política.

De esta desagradable manera, llegamos hasta la casa de la banlieue parisina donde se hospedaba mi amigo. Una vez allí, nos dispusimos a despertar al único pasajero que parecía haber disfrutado del trayecto. El tipo parecía profundamente dormido. Le sacudimos con insistencia sin éxito. No se despertaba. El farmacéutico le tomó entonces el pulso y comprobó con horror que este era inexistente. A continuación, le colocó las gafas del doctorando debajo de la nariz para verificar si aún respiraba. El resultado fue igualmente terrorífico. Se hizo el silencio entre los supervivientes de tan aciaga noche.

Alguien dijo de llamar a una ambulancia y esto nos devolvió a la realidad. La ambulancia no tardó en presentarse en el lugar de la tragedia. Los enfermeros intentaron reanimar a nuestro compadre administrándole oxígeno. La cosa no funcionó ante el horror de todos los allí presentes. Uno de los enfermeros decidió volver a intentarlo con una dosis aún mayor de oxígeno. El francés volvió milagrosamente a la vida y lo primero que hizo fue propinar un puñetazo a su salvador. ¿Estaba realmente vivo o no era más que un zombie?

No pudimos reflexionar mucho sobre esta y otras cuestiones que se nos planteaban en ese momento. Mi amigo ayudó a los enfermeros a meter a la bestia renacida en la ambulancia. Me tendió las llaves de su coche y comenzó entonces una persecución de lo más cinematográfica. La ambulancia circulaba a gran velocidad y yo apenas tuve tiempo de ajustarme el cinturón de seguridad. El doctorando se lanzó al asiento del copiloto que resultó ser una piscina de orines. La bestia debió de mearse encima antes de morir y luego resucitar. Por la ventana trasera de la ambulancia podíamos claramente distinguir la enorme sombra del francés peleándose con propios y extraños.

En el hospital consiguieron finalmente calmar a nuestra pesadilla viviente. Allí pasaría la noche, sus padres estaban de viaje. El viaje de vuelta a París lo hicimos en total silencio. Nadie tenía ganas de hablar. Mi amigo nos dejó en Saint-Michel. Apenas nos despedimos. Su coche rojo desapareció raudo por el boulevard. Los tres madrileños decidimos tomar una última copa en un local que aún estaba abierto. El doctorando portaba el olor de orines de nuestro camarada. Era insoportable. Una camarera se dedicó a barrer debajo de nuestra mesa hasta el momento en que decidimos partir y esperar al primer RER del día.

Me despedí de mi amigo barcelonés unos días más tarde. No le he vuelto a ver ni a saber nada de él. Tampoco he vuelto a ver la doctorando que se llevó prestado un CD mío de The Jesus&Marychain. Al único que volví a ver fue al farmacéutico. Vino un día a la librería que durante años regenté en Madrid. No había olvidado un sólo detalle de aquella noche. Nunca viví una noche igual, me aseguró mirándome fijamente.

Falsa alarma en el Cannibale.

El viernes por la noche volvía a casa a eso de las 10:30 de la noche cuando me topé en la esquina de Rue de Oberkampf y la rue Amelot con la policía reculando ante una amenaza invisible. No escuché ningún disparo, pero el silencio era atronador. Seis policias armados con metralletas se atrincheraban detrás de un coche a menos de doscientos metros de mi. Era un espectáculo hipnotizante.

Montado en mi velib intenté reaccionar y pensar en un camino alternativo para volver a casa. Se me pasó por la cabeza el dejar tirada la bici en el suelo, me dió la impresión de que así era un blanco muy llamativo, pero la estúpida idea de tener luego que pagar una multa por ello me hizo mantenerme a lomos de esa pesada máquina de tres velocidades. Me cruzé con un tipo en silla de ruedas que iba directo hacia el lugar del tiroteo. Le dije que no siguiera por esa dirección, pero no me hizo el menor caso. Luego escuché a un joven hablando por teléfono enfrente de una terraza muy cercana al Cirque d’Hiver. El joven le decía a su interlocutor que era inadmisible, que la policía les tenía totalmente abandonados.

El resto de mi camino de vuelta a casa fue tan extraño como esos sueños que no se deciden a convertirse en pesadillas, pero que son pronfundamente perturbadores. Justo enfrente de mi casa, antes de dejar la bici, vi un alumno de la Escuela de Cine donde enseño. Estaba totalmente ausente y no me vió. Le ví bajar como un sonámbulo la Avenue de la République.

Al llegar a casa encendí la televisión y mandé un mensaje a mi familia. Comencé a recibir mensajes de multitud de amigos.

Dormí mal la noche del viernes. Durante el breve momento en el que me encontré de cara al peligro no había tenido tiempo de pasar miedo, pero por la noche, una mezcla de temor, cólera e incomprensión me sacudió con fuerza.

El domingo se presentaba de manera diferente. El sábado me había acostado agotado y había dormido de un tirón. Di una vuelta por mi barrio y bordeé el cementerio del Père-Lachaise. Los turistas, con su ingenuidad y curiosidad a prueba de bombas, conferían naturalidad y normalidad al enrarezido ambiente. Hacía buen tiempo, brillaba el sol.

Esa tarde tenía pensado ver a una ex-novía con la que había retomado contacto en los últimos días. Después de comer fuí a preparar mis clases a un café. A eso de las cinco mi amiga me llamó. Quedamos cerca de mi casa y lo primero que hicimos fue pasar por una librería. Nos compramos sendos libros. De allí fuimos a tomar algo a un café, fuimos al Cannibale.

El ambiente en el Cannibale era muy atractivo. La terraza estaba llena de gente y en el interior del café reinaba una especie de caos fascinante. Había un grupo de jóvenes estilosos a la manera parisina que dominaban con su medida insolencia la barra y las mesas aledañas. Ella venía de salir de una historia complicada. Yo no había vuelto a tener una relación estable desde que lo dejamos. Las cosas no terminaron demasiado bien entre los dos. En ese momento el pasado no tenía peso alguno.

Unas sombras precedidas de unos gritos de pánico sacudieron el Cannibale. Ella salió corriendo. Todo el mundo salió corriendo despavorido. Esos dos segundos fueron tan largos como un minuto. Mi primer impulso fue saber que era lo que estaba pasando. Un camarero pasó como una flecha a mi lado. Le seguí hasta la cocina. Allí vi como mi amiga resbalaba, el camarero se le venía encima. Agarré al camarero por los hombros e impedí que cayera sobre ella. Yo fuí el ultimo en entrar en la cocina.

La puerta que daba al patio trasero del edificio estaba cerrada con llave. Eramos unas diez personas: los camareros, los cocineros y algunos clientes. Llamé a mi amiga ya que no la veía entre el amasijo de gente. Alzó el rostro, estaba muy asustada. Un camarero reaccionó y le pidió las llaves al cocinero que estaba de pie a mi lado. Este pareció no escucharle. Yo se las volví a pedir. Todos los demás estaban en cuclillas. El cocinero me tendió las llaves y yo se las pasé al camarero y este abrió la puera posterior de la cocina. Salimos muy lentamente al patio trasero y entramos al edifico.

Subimos dos pisos y nos refugiamos en un minúsculo apartamento. Pregunté a los camareros si sabían lo que había pasado exactamente. Nadie supo responderme. Alguién dijo de llamar a la policía.

Al rato nos confirmaron que se trataba de una falsa alarma. Bajamos de nuevo al bar a recuperar nuestros abrigos y los libros que habíamos comprado horas antes. Salimos a la calle tras despedirnos de los camareros y de los demás con los que habíamos compartido esta experiencia tan singular.

La calle tenía un punto irreal, tenía la misma sensación que cuando se sale del cine después de ver una película de terror.

Fuímos a mi casa. Pusimos la televisión y vimos las noticias mientras cenábamos algo.

Esa noche también me costó dormir, pero no me sentía ni triste ni sólo. Por primera vez en mi vida sentí que el amor por los demás habita dentro de uno mismo.

Russian Roulette

Hace unas semanas que no paro de escuchar la canción “Russian Roulette” de los Lords of the New Church. Recuerdo bien la primera vez que alguien me habló de este grupo angloamericano de Post Punk. Fue en los lavabos de mi colegio durante el último año del bachillerato.

La canción es un homenaje a las películas “The Deer hunter”(1978) de Michael Cimino, (Fue la mítica escena en la que Robert de Niro y Christopher Walken son forzados a jugar a la ruleta rusa por el Vietcong la que hizo célebre la variente rusa de la ruleta), y “Apocalypse Now”(1978) de Francis Ford Coppola.

He utilizado esta canción en mis clases en el École de Cinéma para introducir “Jacob´s Ladder”(1990) de Adrien Lyne. Una pesadillesca historia sobre un veterano de la guerra del Vietnam. La biografía de los Lords of the New Church también me ha servido para hacer reflexionar a mis alumnos sobre el frecuentemente trágico final de las bandas y estrellas del Rock.

Stir Bators, cantante de los Lords y gran admirador de Jim Morrison, murió atropellado por un taxi precisamente en París, desconozco el lugar exacto del siniestro. Las cenizas de Bators fueron posteriormente esparcidas sobre la tumba de Morrison en el cimetière du Père Lachaise. Hace poco visité la tumba de Alain Bashung, otra estrella del rock enterrada en ese mítico cementerio.

Recientemente, he visto dos representaciones cinematográficas de la ruleta rusa. La primera en “Gomorra”, la serie televisiva de nacionalidad italiana sobre la mafia napolitana. Pocos días más tarde, volví a ver el mismo ritual asesino en “The Irrational man”, la última película de Woody Allen.

Es evidente que jugar con la muerte resulta muy excitante para los cineastas, incluso produce milagosos efectos revitalizantes en aquellos personajes de ficción que lo practican. Tengo mis dudas de que en la vida real produzca los mismos efectos. No creo que sobrevivir a dicho juego ayude a disfrutar más intensamente de la vida.

Desconfio de los métodos o recetas milagrosas para mejorar la calidad de nuestra existencia. Lo único que me mantiene alejado de la maldita ruleta rusa es el esfuerzo diario, la lucha continua y una difusa, pero cada vez mayor fe en mi mismo y en todo cuanto me rodea.

Hay infinidad de maneras de jugar a la ruleta rusa. Las pistolas no se cargan exclusivamente con balas de fuego. Todos tenemos nuestra propia e intransferible variante de este juego suicida, seamos o no conscientes de ello.

El cargador nunca para de girar, no olvides vaciarlo.

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