La coupe du monde 1998

París, verano de 1998. Francia estaba a punto de ganar la Copa del Mundo de fútbol. Habíamos quedado para tomar unas copas. Eramos cinco. Un catalán, un francés y tres madrileños. Nosotros, los de Madrid, estábamos albergados en la Cité Universitaire. Uno de ellos era farmacéutico. El otro era un doctorando de alguna facultad española. El barcelonés vivía en Nueva York y pasaba el verano con la familia del francés a las afueras de París. Según él, la vida tenía más momentos amargos que otra cosa. Eramos compañeros de un curso de francés. El francés, por su parte, era enorme. Un verdadero gigante. Si la memoria no me falla, su madre era marroquí y su padre francés.

Compramos unas botellas para beberlas en un parque cercano a la Cité Universitaire. El francés se bebió media botella de whiskey de un trago. Su comportamiento cambió de manera radical. Pasó de ser un ser silencioso y callado a convertirse en un verdadero hoolingan. Decidimos probar suerta en la zona de Oberkampf. Nos desplazamos hasta allí en el Golf de color rojo de mi amigo barcelonés. No llegamos a entrar a ningún bar. Nuestro gigantesco compañero de farra le partió la nariz de un cabezazo a un tipo en medio de la calle. Fue un cabezazo perfecto. El agredido, un pequeño pero aguerrido personaje, esgrimió un teléfono móvil y nos previno de que sus colegas del barrio nos iban a matar. No echamos a correr, pero fuimos hasta el coche lo más rápido que pudimos. Los tres madrileños tomamos delantera mientras el catalán trataba de arrastrar a la bestia y de convencerla de no proseguir con sus demostraciones pugilísticas.

En ese momento de la noche lo más razonable hubiera sido renunciar y haberse ido a casa. No lo hicimos y, más tarde, pagamos las consecuencias. Decidimos cambiar de decorado sin tener en cuenta que los personajes seguían siendo los mismos. Nuestro compañero francés estaba eufórico, su hazaña callejera le había puesto como una moto y parecía sediento de combates más exigentes.

Pusimos rumbo a la zona de Bastille. Allí, en la rue de Lappe, entramos en un bar español. El portero del local nos confirmó lo que ya sabíamos: nuestro camarada era un verdadero peligro público. Nos aconsejó llevárnoslo de allí antes de que nos partiesen la cara por su culpa. Escuchamos su inteligente advertencia. El camino del local hasta donde habíamos dejado el coche se hizo especialmente largo, pero el trayecto hasta la casa del francés fue sencillamente interminable y lo recuerdo como si se tratase de una pesadilla. El púgil callejero se quedó dormido en el asiento del copiloto. Los tres madrileños estábamos apiñados en la parte trasera del Golf.

No sé de qué manera empezamos a hablar de política. La discusión subió de tono muy rápidamente. Mi amigo catalán se sintió atacado por el improvisado, pero no por ello menos férreo frente madrileño. Su indignada mirada se reflejó en el retrovisor. Yo le había decepcionado. No se esperaba mi tenaz y obcecada beligerancia. Yo tampoco contaba con su victimismo y susceptibilidad. Fue la primera y última vez que hablábamos de política.

De esta desagradable manera, llegamos hasta la casa de la banlieue parisina donde se hospedaba mi amigo. Una vez allí, nos dispusimos a despertar al único pasajero que parecía haber disfrutado del trayecto. El tipo parecía profundamente dormido. Le sacudimos con insistencia sin éxito. No se despertaba. El farmacéutico le tomó entonces el pulso y comprobó con horror que este era inexistente. A continuación, le colocó las gafas del doctorando debajo de la nariz para verificar si aún respiraba. El resultado fue igualmente terrorífico. Se hizo el silencio entre los supervivientes de tan aciaga noche.

Alguien dijo de llamar a una ambulancia y esto nos devolvió a la realidad. La ambulancia no tardó en presentarse en el lugar de la tragedia. Los enfermeros intentaron reanimar a nuestro compadre administrándole oxígeno. La cosa no funcionó ante el horror de todos los allí presentes. Uno de los enfermeros decidió volver a intentarlo con una dosis aún mayor de oxígeno. El francés volvió milagrosamente a la vida y lo primero que hizo fue propinar un puñetazo a su salvador. ¿Estaba realmente vivo o no era más que un zombie?

No pudimos reflexionar mucho sobre esta y otras cuestiones que se nos planteaban en ese momento. Mi amigo ayudó a los enfermeros a meter a la bestia renacida en la ambulancia. Me tendió las llaves de su coche y comenzó entonces una persecución de lo más cinematográfica. La ambulancia circulaba a gran velocidad y yo apenas tuve tiempo de ajustarme el cinturón de seguridad. El doctorando se lanzó al asiento del copiloto que resultó ser una piscina de orines. La bestia debió de mearse encima antes de morir y luego resucitar. Por la ventana trasera de la ambulancia podíamos claramente distinguir la enorme sombra del francés peleándose con propios y extraños.

En el hospital consiguieron finalmente calmar a nuestra pesadilla viviente. Allí pasaría la noche, sus padres estaban de viaje. El viaje de vuelta a París lo hicimos en total silencio. Nadie tenía ganas de hablar. Mi amigo nos dejó en Saint-Michel. Apenas nos despedimos. Su coche rojo desapareció raudo por el boulevard. Los tres madrileños decidimos tomar una última copa en un local que aún estaba abierto. El doctorando portaba el olor de orines de nuestro camarada. Era insoportable. Una camarera se dedicó a barrer debajo de nuestra mesa hasta el momento en que decidimos partir y esperar al primer RER del día.

Me despedí de mi amigo barcelonés unos días más tarde. No le he vuelto a ver ni a saber nada de él. Tampoco he vuelto a ver la doctorando que se llevó prestado un CD mío de The Jesus&Marychain. Al único que volví a ver fue al farmacéutico. Vino un día a la librería que durante años regenté en Madrid. No había olvidado un sólo detalle de aquella noche. Nunca viví una noche igual, me aseguró mirándome fijamente.

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